Un cuento encontrado en un viejo papel

Encontré este cuento en un viejo papel dentro de un cuaderno a medio usar que llegó a mis manos, casi por equivocación. O al menos por casualidad. He pensado que quizás guste a alguien.

 Érase una vez un bello azor, un negro azor que exendió sus alas y se elevó ligero en aire. “Cuán bello es el cielo, qué hermoso el sol”, pensó. Deseó no ser ya un bello azor, un negro azor, deseo no ser ya nada, salvo una pluma, una negra pluma de un negro azor y volar, eternamente, mecido por los vientos amigos, entibiado por el sol, refrescado por las brisas del mar, sobre dunas inmensas y pequeñas campiñas. “Si no existo para otra cosa que volar, si no pongo jamás mi garra en el suelo, si no poso siquiera mi vista sobre nada más firme que una nube, ¿no alcanzaría así la perfección? ¿No es este el motivo por el que existo?”. Siguió así el azor, besado por céfiros y tramontanas, perdido en sus sueños. Cayó la noche y surgió la luna, una luna fría y enorme, cercana como una hermana, lejana como el arco iris. “Amada”. Y el negro azor olvidó sueños y perfecciones. “Amada blanca, amada bella”. Y alzó su cabeza para atrapar los vientos y volar más alto, siguiendo el camino que la luz trazaba como brazos amantes. “Amada mía, quisiera tocar con mi negra ala tu blanca faz, amada”. Más y más alto cada vez, más allá de las nubes, sostenido apenas por el tenue aire, borrosa la vista y enturbiado el corazón. “Amada, no ser ya nada en tu blancura radiante”. Y la luz le cegó cuando la última partícula de aire huyó de sus pulmones. Durante un momento eterno quedó suspendido en el regazo de los rayos lunares y comenzó a caer, siendo ya nada. Se hizo el silencio y la luna siguió brillando sobre el mar eterno, dormida entre los susurros del viento.

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